Jersey Colombia – Junio 2011

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Una vergüenza

Más de un millón 250.000 hectáreas agrícolas totalmente anegadas, aproximadamente 130.000 más ocupadas por corrales, establos, salas de ordeño, galpones y otras infraestructuras productivas; no menos de 280.000 reses ahogadas y algo más de dos millones que debieron ser trasladadas a otras tierras para ponerlas a salvo es, de acuerdo con los estimativos del gobierno central, el saldo parcial del actual desastre natural que amenaza a la ganadería y la agricultura colombianas, cuando faltaba cerca de un mes para que, según estimativos de meteorólogos, las aguas de La Niña y de la primera temporada de lluvias le concedieran una tregua al país.

En lo referido estrictamente a la ganadería, las cifras de las asociaciones de criadores, de Fedegan y del gobierno precisan que hasta entonces unas 720.000 hectáreas estaban totalmente arruinadas en más de 52.000 fincas, que en pesos

elevaban las pérdidas a 1.9 billones de pesos. Se calcula que sólo para recuperar las praderas se necesitará invertir un billón.

Sin desconocer que parte de la tragedia obedeció a que el gigantesco volumen de agua superó todos los temores y los registros históricos, en una proporción muy alta es producto, también, de la imprevisión imperdonable con que se encara una situación que no debería sorprender a nadie pues se dispone de todas las herramientas tecnológicas y la información suficiente para tomar las medidas que permitan blindar al país, con oportunidad y eficacia, contra lo que anunciaban los expertos, los satélites y demás medios y sistemas que alertan con oportunidad acerca del calentamiento o enfriamiento de las aguas del Pacífico y lo que ello representa.

Entre las previsiones, elementales y lógicas, deberían ser prioritarias la conservación de los páramos y las reservas de agua; estas tareas, complementadas con el dragado de los ríos cuando en los meses en que sus aguas son bajas, es algo que no se les ve llevar a cabo a las tristemente famosas corporaciones autónomas regionales.

Por el contrario, la historia colombiana incluye muchas páginas en las que se da cuenta del tratamiento irracional, por emplear un término suave, a los que son salvajemente sometidos los ecosistemas en cualquier sitio del país.

Uno de los capítulos más vergonzosos es el que comenzó en 1822 cuando la codicia de unos cuantos y el silencio cómplice de las autoridades se confabularon para propiciar la muerte a la laguna de Fúquene, porque sus 10.265 hectáreas parecían afectar el voraz apetito de los primeros por acumular más tierra. A quienes así actuaban los motivaba la convicción de que tenían pleno derecho a “recuperar” unas valiosas tierras que, a su juicio, “se habían llenado de agua”.

En 1933 se perpetró una nueva arremetida para seguir intentando desecarla, mediante el diseño y comienzo de la construcción de un canal perimetral para transportar fuera de la laguna las aguas del río que la alimentan.

Hablando del presente, con ocasión de las inundaciones de zonas claves para la producción agrícola y ganadera en el altiplano cundiboyacense se expidió en 2006 el documento Conpes 3451 en el que se acuerda un conjunto de acciones “para recuperar y conservar el ecosistema lagunar de Fúquene, Cucunubá y Palacio”.

Un poco tarde la reacción a un atentado que lleva cometiéndose con plena impunidad desde hace 189 años, y que en cifras lo retrata así: de las 10.265 hectáreas existentes cuando “el hombre blanco” fijó sus avariciosos ojos en esta riqueza, hoy su “civilizada” intervención la ha reducido a escasas a 2.800, de las que sólo 600 corresponden a espejo de agua. Las demás están cubiertas por buchones y otras malezas.

Desde luego, en el citado Conpes las acciones propuestas

estuvieron acompañadas por sus respectivas partidas, o dinero, pero que hasta hoy, y mientras no se pruebe lo contrario, no han aliviado en nada la situación.

Con el argumento de que somos un país pobre, los gobiernos eluden sus responsabilidades y dejan de construir obras prioritarias como presas, embalses o distritos de riego, que aseguran el suministro de agua en sequía y la regulación del caudal de los ríos en época de lluvia. No se les ocurre que una figura exitosa como la de las concesiones es el instrumento mediante el cual el sector privado puede hacer un aporte clave para ayudar a sacarnos del atraso en que nos sumergimos.

Lo de Fúquene es una vergüenza ante el mundo entero. Y no es la única, pues se repite en todo el país como es fácil verlo, y no existe esperanza de cambio.

Para completar tan prometedor futuro, se avecina un nuevo y amenazante TLC, que puede significar una nueva inundación, esta vez de leche.

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